Una vida compartida en el patio y en el aula

El adiós agradecido a nuestros compañeros

Hay días en los que el colegio se llena de un sentimiento especial, una mezcla de nostalgia y de una alegría profunda por el deber cumplido. El pasado viernes fue uno de esos días en los que nos detuvimos para abrazar y dar las gracias a quienes han sido, más que profesores, referentes y compañeros de camino. Pablo García, Paco López, Mª Dolores Gómez, Mª José Bernal y Ginés Martínez, de la sede de la Merced, junto con Concha Valera, Mª Dolores Caballero y Pilar Pasquín, de Fuensanta, cierran una etapa para empezar a disfrutar del descanso tras haberlo dado todo por nuestros alumnos. Hablar de estos siete compañeros es hablar de la esencia Marista; han sido docentes de raza, de los que entienden que educar es una labor vocacional que no entiende de horarios. Su entrega ha estado siempre fuera de toda duda, regalando horas que no aparecen en ningún contrato pero que se quedan grabadas en la vida de los niños y jóvenes que han pasado por sus manos. Han sido los pilares silenciosos de nuestra casa, siempre con el buen compañerismo por bandera y una profesionalidad que nace, sencillamente, del amor a lo que se hace.

La celebración comenzó en torno a la mesa del Señor. A las siete de la tarde nos reunimos para una Eucaristía que fue puro corazón. Allí reflexionamos sobre nuestra vocación, esa que no se queda encerrada en las cuatro paredes de una clase, sino que sale al encuentro de cada alumno para sacar lo mejor de él. Fue precioso el gesto final: unas cintas que nacían del altar y llegaban a cada uno de nosotros, uniendo nuestras manos con los nombres y valores que dan sentido a lo que somos. Sentimos que, aunque algunos se jubilen, todos seguimos conectados por ese mismo hilo invisible que nos dejó Marcelino.

Después, el salón de actos se llenó de aplausos y de palabras que brotaban del respeto más sincero. Escuchamos el reconocimiento de los compañeros y de las familias de APAMAR, que quisieron agradecer tantos años de desvelos. Fue el momento de entregarles su chasca marista, ese símbolo tan nuestro que suena a colegio, a patio y a fidelidad. También tuvimos un hueco muy especial para el Hermano Iñaki, agradeciéndole su entrega generosa, especialmente en El Campico (Alcantarilla), entregándole también su chasca como signo de nuestra unión con él. Aunque echamos de menos a Pilar, que estaba en Italia ejerciendo de abuela (¡qué mejor manera de empezar la jubilación!), la sentimos presente en cada recuerdo.

Para cerrar la noche, nos fuimos a cenar al Magna Garden. Allí, entre platos compartidos, risas y anécdotas que se alargaron hasta tarde, volvimos a sentir lo que somos: una familia. Nos dejan el listón muy alto y un ejemplo de amor al colegio que ahora nos toca cuidar a los que nos quedamos. Compañeros, gracias por tanto bienestar compartido, por vuestra paz y por vuestra entrega. Esta siempre será vuestra casa.

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